¡¡¡Yo soy tranquilo/la, pero cuando me
enojo…!!! ¿Qué es
lo que hace que el ser humano llegue a esa etapa?
No es novedad decir que generaciones
tras generaciones han llegado a sentirse enojados por algo, y son innumerables
las situaciones, las derivaciones y consecuencias, que esto conlleva. Si
preguntáramos a diferentes personas, sobre que las hace perder el control hasta
llegar al enojo, tendríamos diferentes matices de respuestas, pero la mayoría coincidiría en la siguiente oración,
-me hicieron o me hizo enojar-. Es muy minúscula la posibilidad de encontrar personas
que reconozcan que decidieron llevarse
por el enojo. Un sicólogo dijo nadie hace enojar a nadie, somos nosotros los
que decidimos enojarnos.
“…sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.”· Stg. 1:14
Deberíamos asumir la
responsabilidad de nuestras propias malas actitudes, las cuales después de
perder el control acarrean destrucción, dolor, desilusión y malestar a quienes
nos rodean y a nosotros mismos. El hecho de exteriorizar lo que no podemos
contener, nos hace ver nuestra propia debilidad para hacerlo; más el hecho de
tener cosas para contener dentro nuestro, nos hace notar que nuestra vida
necesita ser liberada de esas cosas y renovada en cuanto a las actitudes
internas que nosotros vamos almacenando y que luego en un momento de debilidad descargamos
contra quien tenemos enfrente nuestro. No son excusables nuestras malas
reacciones frente a las malas actitudes de los demás, sino que debería primar el
dominio propio en cuanto a ellas.
“El que tarda en airarse es grande de entendimiento” Pr. 14:29
¿Qué gana una persona con
enojarse? Hay personas que aconsejan que exteriorice su enojo, que no lo acumule
porque afecta su salud, pero en realidad lo que afecta su salud comenzó a
gestarse desde el momento que permitió que las cosas, los dichos, los
comentarios, etc. etc. de otros, se enraizaran en su mente. El no saber
perdonar, el guardar rencor o la falta de amor, hacen que cualquier cosa
externa pueda contaminar nuestra mente, porque está abierta a que eso suceda.
“Enójense, pero no pequen, no se ponga el sol sobre vuestro enojo” Ef. 4:26
Cuando el enojo queda dentro
nuestro y al pasar los días se a aquerenciado, es un indicio que la contaminación
comenzó germinar, “…brotando, alguna raíz de amargura…” He.12:15. Como
cualquier virus maligno, éste hace cambiar nuestro estado de ánimo, afecta
nuestras emociones y está propenso a manifestar su mal en cualquier momento. Después
que se manifiesta, la contaminación se propaga en nuestro entorno, haciendo que
otros en el mismo estado, comiencen una reacción en cadena.
Durante el transcurso del tiempo hemos visto o escuchado, de personas
que se han mantenido enojadas por períodos largos, hijos que no se reconcilian
con sus padres o padres que no se reconcilian con sus hijos, matrimonios que se
disolvieron, familias que se distanciaron, vidas emocional y físicamente enfermas
y otras desvinculadas de sus semejantes.
El orgullo, la vanidad y
la soberbia, son a veces agentes impulsores. No nos gusta que nos digan lo que
debemos hacer o como lo debemos hacer; nos creemos autosuficientes, superiores
a los demás, capaces de resolver cualquier situación, no existe en nosotros una
pizca de humildad, sino que nos gusta envanecernos en nuestras propias decisiones.
Cuando hay algo que atenta contra esto, entonces reaccionamos inmediatamente
sin medir consecuencias.
“No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios”. Ec. 7:9






