Cuando tenemos hijos, queremos verlos andar, caminar y luego correr. Es lo más natural, porque queremos verlos moviéndose, transmitiendo alegría, gastando energías (que les sobra por cierto), y cuando los vemos demasiado quietos nos comenzamos a preocupar.
Cuando se es adulto algunas cosas cambian, pero lo que permanece, es el interés que se le presta a la persona que tiene falta de ánimo, de interés, con síntomas de abatimiento, de decaimiento, de depresión. La falta de amor, o un amor no “correspondido”, un hecho cercano a la muerte o una vida que no encuentra un propósito para vivir, alguien que se siente miserable o incapaz de lograr o que otros pudieron hacer. Varios pueden ser los factores que lleven a las persona a éste estado de ánimo, del cual se les hace difícil salir por sus propios medios. No tienen las fuerzas suficientes para salir de ello, otros no desean hacerlo para no enfrentar la realidad, pero tanto los unos como los otros claman en su interior por ayuda, cosa que se debe brindar antes que ese mal continúe y llegue a concluir en una tragedia sin retorno o una causa perdida. Muchos se han sumido en el alcoholismo, queriendo ahogar con ellos sus penas o que éste les saque del estado normal para fundirse en una apatía continua, pero para otros ese vínculo no era suficiente y optaron con quitarse la vida que ya les pesaba vivir.
Desde mucho tiempo se ha venido presenciado hechos lamentables e incomprensibles, para las personas que han sido partícipes directos o indirectos de los tales; es que nos hemos tornado a vivir con un desinterés por los demás, que no nos permite ver las necesidades de los otros o no nos tomamos el tiempo para analizar las situaciones que quizás en nuestro propio entorno familiar están aconteciendo. Desde los jóvenes hasta las personas adultas, éste síntoma a causado, sigue y lo seguirá haciendo, estragos en la vida familiar. Es imprescindible tomar recaudos en cuanto a ellos para que no prospere dicha situación. Se supone que un Rey llamado David pudo encontrar un medio de escape hacia tal circunstancia, del cual llegó a decir
“El es el que en nuestro abatimiento se acordó de nosotros, porque para siempre es su misericordia…” Sal. 136:23¿Podremos llegar a pensar nosotros, que con nuestro conocimiento, nuestra sabiduría adquirida con los años, nuestro conocer de la vida, podremos llegar a hacer grandes cambios en la vida de la persona deprimida? Quien puede conocer lo más íntimo del corazón; ¿quién puede identificarse con el problema de los demás sin conocer su interior? Dijo Dios;
”Antes que te formase en el vientre de tu madre te conocí…” Jer. 1:5No es de dudar entonces que el Rey David dijera esas palabras. ¡Que alivio puede sentir una persona al saber que hay alguien que nos conoce desde antes de nacer! Alguien que sabe todo de nosotros, de cuando estamos bien y cuando no lo estamos; las necesidades que tenemos y que hasta que punto las podremos sobrellevar. Él es el único que puede librar a la persona de esa carga. Pero hace falta que la persona se lo permita hacer, hace falta que le crea y que crea que para Él no hay nada imposible y que la solución a su problema está a un paso; a ese paso de fe que pueda dar, entregándole el control de la situación y descansar en sus brazos de amor; esos que estuvieron esperando siempre y nunca desfallecieron, sino que estaban listos para recibirla.
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